lunes, 7 de enero de 2013

¿Puede una persona cambiar, cambiar de verdad?

Mientras estábamos en sesión una de mis pacientes me hizo precisamente esa pregunta, ¿puede una persona cambiar, cambiar de verdad?, se mostraba muy angustiada pues su relación de pareja no iba como ella esperaba. He escuchado muchas veces la misma pregunta planteada de distinta forma no solo en pacientes, sino también, en familiares, compañeros, etc. Esto me hace reflexionar sobre el concepto que la mayoría tienen sobre el cambio, pues parece ocupar gran tiempo de la energía de las personas en todos los ámbitos de su vida, trabajo, hogar, pareja, hijos, amistades, etcétera. Pedimos continuamente a los demás que cambien, y nos piden a la vez que cambiemos. Pero, ¿es tan sencillo como pedirlo?, evidentemente no, y seguramente lo sepas muy bien pues muchas veces te has visto en una situación en la que has pedido a alguien que modifique un aspecto de su personalidad que te hiere o te disgusta sin resultado alguno, o tal vez te has esforzado hasta el cansancio tratando de cambiar algo de ti que te han dicho que no es agradable sin poder lograrlo. Aquí entonces retomamos la pregunta inicial para cuestionarnos si realmente se pueden lograr cambios profundos en la personalidad o no. Mi paciente se contestaba a sí misma que era posible, pero al menos no es posible cambiar nuestra esencia, y no podría estar más de acuerdo, aunque lo complicado es precisamente entender lo complicado que es conocer la verdadera esencia de quienes nos rodean.
Distingo entonces, dos tipos de cambios en las personas, uno que llamo el "pseudocambio", se trata de la intención de cambiar que se basa en la exigencia ya sea del contexto o de alguien más, cuando alguien más nos pide que cambiemos pero en realidad no creemos en ese cambio, solo lo hacemos porque nos lo piden, porque no queremos perder el cariño de la pareja o que nuestros amigos nos dejen de hablar. Pero el pseudocambio, al no partir de una necesidad propia sino impuesta, es artificial, temporal, a final de cuentas, cada vez que intentamos cambiar, consciente o inconscientemente, se genera una frustración, pues no nos sentimos cómodos cambiando algo que nos gusta en nosotros mismos; decimos que sí, queriendo decir no, y eso tiende a quebrar nuestro fallido intento de cambiar. Es por eso que cuando alguien más nos pide cambiar nos es tan difícil, por temor al rechazo o al abandono prometemos que cambiaremos, pero somos incapaces de decir ¡no quiero cambiar, esa necesidad está en ti, no en mi!. Se podría pensar que es algo egoísta decirle a alguien que no estamos dispuestos a cambiar y que debe aceptar eso como parte de mi. No quiero que se piense que invito a actitudes como la frase que dice "soy así, así nací y así me moriré", al contrario, el pseudocambio no es el único tipo de cambio. Existe también el "cambio empático", que se da en el momento en que observo que me es necesario modificar algo pues me estorba, daña a los demás o me daña a mi mismo. Puede partir de una petición que me hacen de cambiar, pero a diferencia del pseudocambio, no lo hago por temor al abandono o al rechazo, sino por una firme creencia de que quiero cambiar porque eso ayudará a que los demás se sientan bien estando conmigo. En una relación donde existe una comunicación efectiva y afectiva, seguramente haya más posibilidades de que se de un cambio empático, cuando tengo la capacidad de escuchar con toda mi atención las necesidades del otro, poniéndome "en su lugar", preguntándome cómo debe sentirse conviviendo con esa parte de mi que no le gusta, que le causa dolor, será más sencillo lograr ese cambio empático, y si no quiero, si es algo de mi que no estoy dispuesto a cambiar, tendremos entonces que ser completamente honestos con nosotros mismos y decir que no deseamos cambiar.
Algunas personas que me han escuchado decir esto me preguntan si acaso entonces tienen que aguantar a un marido alcoholico, a una madre controladora, a una novia celosa y posesiva, si ellos les dicen que no quieren cambiar. Como en todas las relaciones humanas, a final de cuentas la decisión es propia, no puedo más que expresar, sin exigir, que hay actitudes en esa persona que me causan daño o me molestan, siendo auténticamente sincero desde mi experiencia emocional, no con la intención de manipular en mi propio beneficio. Y si a pesar de ello mi petición no es respondida, entonces valoraré si deseo estar en dicha relación o no, y si decido quedarme a pesar de lo que no me gusta, asumir las consecuencias. A final de cuentas, como dice Sergio Michell, el éxito de cualquier relación se basa en una premisa muy sencilla, que si entendemos en toda la amplitud que posee nos será de gran ayuda: "No necesito cambiarte para quererte".

sábado, 5 de enero de 2013

¿Estamos destinados a repetir los errores se nuestros padres?


Es cierto que muchas de las conductas, actitudes y creencias que traemos con nosotros son patrones que "heredamos" de nuestros padres, es decir, considero que desde que somos pequeños observamos la forma de comportarse de nuestros padres y mucho de ello lo asimilamos como verdades irrefutables. Existen herencias invisibles mucho más profundas que otras, que se encuentran a nivel inconsciente y no nos es posible identificar fácilmente, que se activan de forma automática y funcionamos tal cual lo hizo mi padre o mi madre.


Sin embargo, también creo que esto no es determinante, ¿si mi padre fue alcoholico toda su vida eso me hace a mi un alcoholico? ¿Si mi madre me golpeaba constántemente yo golpearé a mis hijos de la misma forma?, claro que estaremos más expuestos, pero de eso a que estemos "destinados" a ser como ellos hay una gran distancia. Me gusta creer que cada persona es quien quiere ser, independientemente de las experiencias y circunstancias que conforman su historia, todos tenemos la potencialidad de convertirnos en una mejor versión de nosotros mismos.

Aunque, como diría Rogers, tendremos que tener las condiciones necesarias y suficientes para que se realice el cambio, para que decidamos hacer las cosas de forma distinta a como lo hicieron mis padres, y esto se trata de una búsqueda personal, que parte de darme cuenta de qué es lo que quiero en mi vida y qué no. Como padres no podemos más que preguntarnos si lo que hago para educar a mi hijo le servirá para ser una persona independiente y con alto sentido social, a final de cuentas, tal como yo, mi hijo también posee la libertad de decidir qué de todo lo que ve en mí le sirve en su camino, aunque eso signifique ser distinto de mí.
No puedo sino confiar en su capacidad de vivir su propias experiencias de forma responsable, y nunca tratar de imponerle algo que no le pertenece, ni mucho menos culparlo por no cumplir con las expectativas que de mi hijo he formado injustamente.

sábado, 10 de noviembre de 2012

Retos del educador del s. XXI en México

A pesar de que me considero poseedor de una memoria "caprichosa", debido a que suelo almacenar inmensas cantidades de información inútil y tan pocas cosas importantes, algo que recuerdo vívidamente es mi época de estudiante de primaria. Tal vez uno de los recuerdos que más acude a mi son todas las clases dedicadas a las tablas de multiplicar, donde la maestra nos ponía a repetir con una alegre tonada todas y cada una de ellas, una y otra vez durante días y días. Luego cada determinado tiempo, venía una especie de examen-lapidación en público, donde al frente de todo el grupo nos sometían a repetir al pie de la letra alguna de las tablas, y créanme, no recuerdo mayor sufrimiento para un niño de 7 u 8 años que equivocarse en esto, pues la maestra dejaba bien claro lo poco inteligentes que éramos si fallábamos pues recurría a las ya clásicas orejas de burro y un lindo sello de un borrico dientón en la libreta.

Situaciones como esta eran el pan de cada día. No me parece raro que a mi memoria caprichosa no le haya parecido a bien recordar los nombres de ninguna de las seis distintas maestras que tuve por mi paso en la escuela primaria, no se caracterizaron por ser la clase de personas que son "para llevar", eran bastante frías y distantes con la mayoría de los alumnos, y tampoco recuerdo para ser honesto, que ellas pusieran especial interés en mi. Posiblemente tuve mala suerte, pero cuando pregunto a mis padres y conocidos de una generación anterior el tipo de educación que ellos vivieron sorprende ver lo parecidas que suenan cada una de las historias, no se diga de la generación de mis abuelos porque escucho historias que hasta parecen sacadas de un cuento de horror. Pero lo que me sorprende bastante hoy, a mis treinta y tres años de edad, es que a pesar de los avances gigantescos en materia de innovación, tecnología y accesibilidad a la información, la verdad es que lo que puedo observar en mi labor como psicólogo en el ámbito educativo no difiere mucho de mis lejanos recuerdos. 

Se entiende que existen casos que son excepciones, siempre han existido, ahí esta el ejemplo de mis padres donde por un lado, mi padre era un duro maestro de primaria, exigente con los alumnos, siempre distanciado emocionalmente de ellos pero comprometido con su labor, y por el otro, mi madre educadora de preescolar que trataba a los pequeños con calidez y afecto. Por ello no generalizo, pero creo que preocupa aquella gran cantidad de docentes que no escapan de repetir el arquetipo del docente mexicano. 
"El conocimiento es el fin último que requiere la utilización de cualquier medio", parece ser el discurso del docente, se siguen llevando a cabo prácticas educativas que basan su eficacia en la repetición constante de ejercicios y actividades planas y aburridas para el niño, en una época en que la estimulación que recibe el niño en su entorno es mil veces más gratificante, le resulta complicadísimo mostrarse interesado en lo que la escuela ofrece, excepto tal vez por el recreo. 

Para el docente en el aula, puede ser lo adecuado mantener a los alumnos durante las clases como lo mantenían a él, "no te levantes", "no hables", "no te distraigas", etc. Pero para el niño, esto puede convertirse en un verdadero tormento, aunque su cuerpo se encuentra repasando la lección de manera robótica y artificial, en realidad su mente se encuentra en otro lado, en el último capítulo de su programa favorito, en el videojuego más reciente que muere de ganas por volver a jugar, en la computadora que hay en casa, en juego que planea llevar a cabo a la hora de recreo con los amigos, y un largo, larguísimo etcétera. Les podría sorprender entonces la cantidad de veces, en los pocos años que llevo en el ámbito educativo, que he escuchado decir a los docentes que tal o cual niño es "hiperactivo", pero creo que es algo bastante lógico, tienen que competir contra la estimulación multimedia tan gratificante de un videojuego, computadora o tv, ayudados de sus planas de ejercicios y tareas al por mayor, creo que no le es fácil aceptar que aquello que piensa que es lo mejor para el niño, le resulta tan poco interesante y aburrido, que prefiere señalarlo como un "niño problema". 

A ello sumémosle lo poco conectados emocionalmente que se encuentran el alumno y su maestro, y tenemos como resultado el raquítico lugar en que estamos ubicados mundialmente en materia de educación. La pregunta obligada sería: ¿cómo es posible que tras tantas generaciones de maestros, tantas reformas educativas, y tantos intentos de encontrar el programa perfecto, hayamos avanzado tan poco? No quiero inmiscuirme en cuestiones de economía y PIB, ni en la forma en la que el gobierno maneja el sistema.
Más bien creo que el problema medular se encuentra, y siempre se ha encontrado, en la persona del docente. Es decir, en las actitudes, las creencias, la relación que establece con sus alumnos y la visión que tiene de su propia práctica. Y aquí quiero hacer énfasis en dos puntos en particular sobre lo que puede impedir que los docentes logren cambios significativos en su labor: 

-En primer lugar: su historia personal. Como la mayoría de nosotros, el docente carga con recuerdos y experiencias dolorosas que surgen ante los estímulos que se presentan en su centro de trabajo. Los conflictos diarios que se dan en el aula y con los compañeros de trabajo pueden ser un buen detonante para estos recuerdos, que aparecen para modificar de forma inconsciente y automática, la forma en que el docente se comporta con los demás, afectando sus relaciones y la manera en que las construye. A ello sumemosle los problemas familiares o económicos actuales y tenemos la combinació perfecta para crear un explosivo emocional latente esperando estallar. 

-Y en segundo lugar: una pobre gestión emocional. Es innegable que como personas tenemos que cargar con la responsabilidad de hacer lo mejor que podamos con nuestras vivencias dolorosas. Pero es doblemente responsable el docente ya que pasa gran parte de la vida del alumno enseñándole con el ejemplo cómo es que hay que conducirse fuera de la familia, es en sí mismo un modelo social de comportamiento. Pero la pobreza de recursos con que cuenta al momento de resolver cualquier situación en el aula puede llegar a afectar negativamente la manera en que se relaciona con ellos, de modo tal que se agranda la distancia y se evita el contacto emocional con el alumno, inutilizando así un valiosísimo recurso para que se dé el aprendizaje significativo. 

Así pues, mi opinión es que para lograr la solución de los problemas que existen en la educación en el país, además también de lo que respecta al alumno y los padres, se fundamenta principalmente en poner especial atención a la figura del docente, no desde la preparación que también es esencial, sino desde el desarrollo de las habilidades sociales y emocionales que bien podrían iniciar desde la formación profesional, preparando a los estudiantes que aspiran a convertirse en docentes y dotándolos de las herramientas necesarias para que gestionen de manera adecuada sus emociones. 
Pero también, fortaleciendo los programas de formación a docentes, que promuevan la Inteligencia Emocional como parte de las competencias básicas del maestro. 

Existen a mi parecer, entonces, dos grandes metas en la educación, por un lado la evolución de los contenidos académicos hacia situaciones de aprendizaje que al alumno le sean valiosos, estimulantes y sobre todo divertidos, alejados de la repetición mecanisista y condicionada que venimos arrastrando durante años. Y por otro lado, el desarrollo humano del docente que le convierta en alguien capaz de establecer relaciones cálidas con sus alumnos, y le abra la posibilidad de disfrutar intensamente de su labor diaria, y genere la satisfacción de incidir en el cambio positivo del niño. A final de cuentas, esto se trata de una búsqueda personal, pero será gratificante observar como poco a poco, y más allá de copiar modelos o programas, nos vayamos acercando al tipo de educación que queremos tener en nuestro país y que propulse el nivel académico al que todos aspiramos llegar. 
 Si tienes la suerte de ser maestro o maestra en la actualidad, te invito a que revises si algo de lo que he escrito aplica en tu vida, y trabájalo a partir de identificar que cosas te estorban en tu experiencia como docente que se originen en la forma en cómo manejas tus emociones, lee, infórmate, capacitate, cada vez hay más información que te puede ayudar. Si tu eres de los docentes que ya han comenzado a gestionar de una manera más sana tus emociones, te invito a que compartas con tus compañeros maestros por medio de alguna lectura o invitándoles a algún taller o plática que en tu ciudad se ofrezca, verás que vale la pena. 
Quisiera terminar esta serie de reflexiones propias citando al gran Erich Fromm: 

La finalidad de la educación -en realidad la finalidad de la vida- es trabajar con alegría y hallar la felicidad. Felicidad quiere decir interesarse en la vida o responder a la vida no sólo con el cerebro, sino con toda la personalidad... La educación debe ser a la vez intelectual y afectiva.